Llevaba ya algunos meses en esa comunidad internada en plena sierra costeña, encerrado en mi cuarto que hacía las veces de cuartel, las tardes pasaban lento y permitían que compartiera algunas actividades con los lugareños que ya se estaban acostumbrando a mi presencia. Los jóvenes del lugar ya no me golpeaban tanto durante el juego y podría decirse que había hecho algunas amistades, empecé a recuperar algunos kilos perdidos, ya que al no quedarme otra opción, mi estómago tuvo que acostumbrarse a los alimentos preparados con poca higiene.
Algunas veces me quedaba encerrado leyendo, fumando tabaco puro que religiosamente me llevaban los fines de semana, me había vuelto algo exigente y ahora pedía hojas grandes y flexibles, que me permitieran enrollarlas y ponerlas a secar. El café era delicioso y de vez en cuando mi paladar disfrutó del exquisito venado que mi amigo el cazador me llevaba.
Algo que he podido observar en la mayoría de los pueblos es que cada quien asume su función y es fácil identificar a las personas y los roles que desempeñan. Muchos de sus habitantes son campesinos, los jóvenes en su mayoría aspiran a terminar la secundaria, para irse al "otro lado", en busca de mejores condiciones, los pocos, a quienes les ha ido "bien" tienen su casa hecha de cemento, pero en la mayoría de los casos son de adobe y paja, techos con tejas para mitigar un poco el calor y el frío inclemente de las madrugadas. Pero eso si, todas las casas; cuentan con antena parabólica para recibir su dosis taravisiva. Aquellos que por alguna razón se quedaron, son autoridades municipales o se han vuelto asesinos a sueldo (a veces es lo mismo), es por ello que no es raro escuchar por el altavoz, los muertitos del fin de semana.
En un principio me costó mucho adaptarme a esas condiciones y ahora que por fin me sentía cómodo, mis días en esos lares llegaban a su fin.
Esa tarde decidí no salir, era mi último día en aquel pueblo y no quería dejar pendientes, escribía algo en mi máquina y arreglaba papeles, toda mi ropa ya estaba lista, mi tabaco y mi café no podía olvidarse. El pequeño hueco en la pared; que hacía las veces de ventana, me permitía apreciar el breve atardecer que llegaba mas pronto que tarde, entre los altos cerros, para dar paso casi inmediatamente a un anochecer prematuro. Absorto en mis pensamientos estaba cuando escuché un ligero ruido afuera, no quise salir, no era común andar en la calleya iniciada la noche, esperé un poco y al no escuchar nada, continué con mi trabajo, nuevamente un ruido me interrumpió y esta vez acompañada de tres toquidos en la puerta, me sobresalté un poco, rápidamente mi mente inspeccionó sucesos anteriores en búsqueda de alguna deuda o pendiente, pero -no le debo nada a nadie- pensé. Me calmé al escuchar una voz femenina proveniente de afuera, -seguramente es la casera- me tranquilicé. Al abrir la puerta mi sorpresa fue mayor al ver a aquella chica, la mas deseada del pueblo. Decían las malas lenguas que aquella rosa sería cortada por algún adinerado del pueblo cercano, sin pensarlo la invité a pasar, una vez dentro me apresuré a cerrar la puerta, me asomé brevemente para constatar que nadie la hubiese visto entrar y cerré enseguida.
Algunos rastros de llanto escurrían por sus mejillas, ¿que te ocurre? pregunté.
Entre sollozos, me comentó estaba muy deprimida porque en su casa la pensaban casar con un tipo que ella no quería y que además era muy grande para ella. Le dije lo primero que se me vino a la mente, no recuerdo exactamente que fue, pero se colgó de mi cuello llorando. En ese momento me di cuenta de mi error, pude apreciar lo amplio de su escote y lo entallado de su vestido; frente a mi brotaban voluptuosamente sus grandes senos, palpitantes color canela, su boca estaba muy cerca de la mía y es muy fácil predecir lo que sucedió; empecé a besar esos carnosos labios que se me ofrecían entreabiertos, continué con la labor por su cuello y pecho. Caí fácilmente en su ardid, comencé a desvestirla y ella hizo lo mismo, en breves instantes estábamos desnudos, la metamorfosis fue inmediata, el botón de flor en realidad era una salvaje rosa que besaba, chupaba y mordía con una habilidad impresionante, me tumbó en la cama y se abalanzó sobre mi sexo, dando rienda suelta a su fogosidad, se subió en mí y terminé en escasos minutos, pero esto no se iba a quedar así, ella era una hembra sedienta de sexo, me exprimió nuevamente hasta satisfacer sus deseos y verme exhausto. En ese momento los miedos empezaron a aflorar en mí, ya no pude dormir, conforme pasaba el tiempo, era mas fuerte la preocupación y lo notó al momento. Con una serenidad que el mas adusto orador envidiaría me dijo que me tranquilizara, que se iría en la madrugada, con el canto del primer gallo, a las cuatro de la mañana, ya lo tenía todo planeado, ese día iría a visitar a sus familiares en uno de los pueblos cercanos y nadie se enteraría de lo sucedido. Ella sabía que me marchaba ese mismo día, pero aún así se atrevió a decirme que si nos veríamos luego, -no lo creo- le respondí, para mis adentros pensé (quiero seguir viviendo).
Era imperioso poner distancia de por medio a la brevedad posible, abordé la siguiente camioneta que me llevara a la ciudad, en donde tomaría mi autobús para no regresar nunca mas a ese pintoresco pueblo, al menos, no en mucho tiempo...

0 comentarios:
Publicar un comentario